Parece que últimamente sean los fogones el inmaculado tema del día. Al menos en España. Pase lo que pase y catástrofes aparte (por favor no nos olvidemos de Haití), en algún u otro lado de la prensa y las pantallas la cocina se hace su hueco y se repantiga cómodamente. Ferrán Adriá, Arzak, Berasategui, Santamaría, Ruscalleda, y un largo etcétera de nombres a cual más enervante consiguen, a golpe de martillo y de estrella, que añadamos un nuevo elemento a nuestra lista abierta de cosas a las que tomarles manía. Cuando uno cree que los cocineros salen a la palestra para compartir sus conocimientos y promocionar la gastronomía, se cerciora, tras unas pocas alocuciones, de que sus verdaderas intenciones son las de convencernos de que lo que de verdad sucede en las cocinas, eso de menear las sartenes y escurrir las verduras, contiene innumerables misterios que sobrepasan en mucho las capacidades cognitivas del común de los mortales, y no hablemos de las de los poderes intelectuales fácticos, esos aburridos zoquetes que siempre taladran con lo mismo y
no son nada guays. Y aquí entran ellos como incuestionables intérpretes de los velados signos
fogónicos que se dan cita en las cocinas de todo quisqui. Ya no podremos pasar sin los cocineros. Como tampoco pudimos pasar en su hora sin los sacerdotes, los astrólogos, los adivinos, los periodistas deportivos o los especialistas en vinos. Aquí los listos se hacen imprescindibles. Se terminó eso de amasar sin haber obtenido el preceptivo certificado de virtuosismo culinario; Mamá no tienes ni idea de cocina si no
deconstruyes la paella.
Cosas veredes amigo, Sancho, que farán fablar las piedras.
A mí me gusta comer. Yo me como un fricandó, me como una
escudella, unos pies de cerdo con judías o una lubina a la sal y disfruto como un enano. Y otro tanto me pasa con las tapas, que considero tan comida como los platos anteriores. Y lo digo desde mi condición de inútil irrecuperable para esa
cocina dell’arte, un cateto vamos. Y poco más puedo añadir.
A mí también me gusta leer. Yo me leo
La Montaña mágica,
Los hermanos Karamazov,
El hombre sin atributos o
La vida de Samuel Johnson y alucino. Y otro tanto me pasa con los relatos, sean de John Cheever, Flannery O’Connor, Chejov o E. A. Poe, y también considero que son tan literatura como lo puedan ser los anteriores mamotretos. Y no hay crítico literario ni esteta que me saque de ahí. Que otro día también hablaremos de estos, los primos hermanos de los anteriores cocineros (no todos, por supuesto, que llevan más en la senda y han aprendido).
En fin, que al hilo del tortuoso símil gastronómico que he tejido, si los callos a la madrileña son a
La Marcha Radetsky de Joseph Roth, las gambas al ajillo son a
Ajuar Funerario, de Fernando

Iwasaki.
El limeño
Fernando Iwasaki, nieto de japonés e hijo de peruanos, autor de una deliciosa narrativa de aires norteños, ha concentrado en
Ajuar Funerario todas las sensaciones que nos provoca la literatura de terror en unos relatos que rara vez sobrepasan la página (10-12 líneas en la mayoría de los casos). La náusea, el escalofrío, la ansiedad, la zozobra, el desasosiego, la inquietud e, incluso, el mismo vértigo del terror, que ya es decir, están bien representados en los 100 relatos que incluye el volumen (de poco más de 140 páginas, ¡ojo!). Todos y cada uno como perlas caribeñas.
El volumen tiene, ciertamente, un aire festivo que se adivina enseguida en la inapelable dedicatoria:
A Marle, que está de miedo, una firme declaración de intenciones, y que, como colofón a modo de recordatorio repite en la última página, donde se relaciona cada una de las fechas de las 5 ediciones publicadas con escabrosas onomásticas (p.ej.: la primera, del 30 de abril de 2004, coincide con el día de la Iglesia de Satán, fundada por Anton Szandor La Vey; y así, las cuatro que la siguen, hasta julio de 2009). Este tono de sonrisa congelada que Iwasaki se esfuerza en mantener a lo largo de todo el libro casa perfectamente con la sucesión de escalofríos y es ya una tradición de la literatura de terror -el susto solo se digiere y resulta lúdico si se le adivina el chiste, el cartón; que para terror del de verdad, ya están llenos los noticiarios-.
Para lograr el pequeño prodigio de aliviar de peso y paja -aquí el contexto es el primero en morir- y recuperar únicamente esa sensación limpia de inquietud que pretende, Iwasaki mide cada una de sus frases con milimétrica precisión, elabora sus salchichas sin aditivos, únicamente con carne picada de la mejor calidad y tripa natural, acudiendo a la fórmula de los mejores prosistas de relatos de la tradición norteamericana (J. Cheever, J. Thurber, S. Anderson); justo en la antípodas de los productores profesionales de
best seller. En este sentido, la mayoría de los textos resultan una valiosísima lección de concisión, exactitud y preciosismo para cualquier autor, por curtido que esté. Nunca me cansaré de repetirlo, leer a los buenos es la mejor educación para un escritor, el escritor se hace a base de lectura. Lástima que el talento no entre en la política de café para todos.
Entre las concesiones que Iwasaki se ha visto obligado a hacer por causa de la limitación de tamaño que se ha impuesto, prima la estructura: en muchos relatos, quizás demasiados, la sensación de desasosie

go, la inquietud y el susto se reserva al efecto de un golpe final, un giro en la última frase. Esto, particularmente si leemos varios relatos de seguido, puede dar la sensación de que el autor los produce usando el clásico método de estampación de sellos de los funcionarios de correos. Y es una pena, porque, y me repito como el ajo que ahuyenta a los vampiros, la factura de cada uno es deliciosa y ejemplar; un mal menor, a fin de cuentas. Por lo demás, Iwasaki no tacañea en otros recursos narrativos que podrían resultar lesionados en estas condiciones de estrechez, como en el uso de los diálogos, espléndidos, o en las descripciones de los personajes, que radiografía en dos pinceladas. En cuanto a la temática, los fantasmas y los muertos que se creen vivos predominan, luego, la cosa se disputa entre los monstruos y los psicópatas asesinos. Temas clásicos que son garantía de buen hacer. Algunos son auténticas maravillas de la
minituarización, como aquél que nos relata en primera persona el asedio de unos monstruos a un pueblo de la edad media, sobrecogedoramente inolvidable, otros son una vuelta de tuerca a los lugares comunes del terror, como la chica de curva o la casa embrujada, y, por algún motivo que me encantaría aclarar, se dan cita algunas peculiares obsesiones de Iwasaki, como los monstruos dentudos que asoman por el retrete -un tema varias veces retomado-.
Resumiendo, Ajuar Funerario de Fernando Iwasaki es un excepcional compendio de mini relatos de terror y un pequeño manual del buen escritor con el que disfrutaréis a lo grande. Uno de esos libros que regalar a una persona que de verdad quieres. La edición en tapa blanda de la editorial Páginas de Espuma es más que correcta.
Termino con una frase de Mafalda, la réplica que le da a su amiga Susanita en la última viñeta: de la tira cómica "Si vivir es durar, prefiero una canción de los Beatles a un Long Play de los Boston Pops." Pues eso, mejor Iwasaki que cualquier Dan Brown.